“Atrapado en el tiempo» (1993): el día de la marmota

Atrapado en el tiempo es el título en España de una película  de 1993 que conocemos más por la traducción de su título original, Groundhog Day, “el día de la marmota» que se ha llegado a convertir en una expresión de uso coloquial. Un equipo de informativos de una cadena de televisión se dirige a la pequeña localidad de Punxsutawnwey (Pensilvania) para cubrir la celebración festiva anual en la que se pretende predecir el fin, o no, del invierno. Esta fecha, conocida como “Día de la marmota”, se celebra cada año el 2 de febrero en esa localidad.

Dirigida por Harold Ramis, está protagonizada por Bill Murray, el periodista encargado de la información meteorológica, Phil Connors, y Andie MacDowell en el papel de Rita, la productora del programa. Les acompaña Chris Elliot, camarógrafo en esta historia. 

Explorar posibilidades vitales

El guion es original de Danny Rubin. La idea de vivir de manera repetida un mismo día por parte del protagonista es un acierto. Es una película agradable de ver por la curiosidad que despierta esta circunstancia, así como por el tono de comedia que el director, que intervino en la revisión del guion, quiso darle, sin frivolizar con los temas serios que plantea. La posibilidad original, revivir el mismo día siendo libre en la repetición, explica que la película goce del aprecio de muchos espectadores desde su estreno. Además, la película ha ido creciendo en aceptación de público y crítica con el paso del tiempo. 

También es un acierto la decisión de no dar una explicación más o menos plausible de por qué ocurre ese bucle, y por qué el protagonista sale de él al final. Tampoco cuántos días o años pasa atrapado en ese bucle. Tiene que ser mucho tiempo, porque aprender a tocar el piano y un idioma lleva su tiempo. Para nosotros, este cálculo no tiene importancia mientras vemos la película. Algo similar pasa en la conocida película de Hitchcock, Los pájaros (1963): ¿por qué hay tantos pájaros? No se explica. 

El género fantástico y de ciencia ficción permite explorar de forma imaginativa diferentes vivencias antropológicas favoreciendo una reflexión enriquecedora sobre el sentido de lo humano. Estas historias juegan con situaciones imposibles, lo que permite ver las cosas desde un ángulo diferente, así como caer en la cuenta de qué es lo que hay realmente detrás. Todo ello puede abrir posibilidades vitales realistas que la imaginación estimule (puede verse en esta página una reflexión sobre el papel de la imaginación, aquí).

Atendiendo a la experiencia humana de la temporalidad, los diferentes literatos y guionistas se han preguntado sobre diferentes variables. Algunas de ellas:

  • ¿Cómo sería la vida si fuésemos inmortales? No queremos morir, solemos decir,  pero ¿queremos, de verdad, no morir nunca? Se entiende que en esta posibilidad, el protagonista de la historia no envejece desde el momento que es relativamente joven y goza de buena salud. Ejemplo famoso en el cine, Los inmortales (R. Malcuhy, 1986).
  • ¿Qué haríamos si fuese posible viajar en el tiempo hacia el pasado? ¿Nos gustaría no actuar como actuamos al saber que eso inició una serie de acontecimientos con resultado fatal? Un ejemplo en cine de poder intervenir y evitar un ataque bélico pasado: El final de la cuenta atrás (D. Tylenol, 1980).
  • Si supiéramos con seguridad que el futuro iba a ser de una manera concreta en alguno de sus aspectos (si me voy a casar o no y con quién, fecha de la muerte de un ser querido, qué número de la lotería va a ser premiado, por ejemplo), ¿cómo actuaríamos? Es una variante de las historias determinadas por un destino fatal de la Grecia clásica. En el cine, Next (L. Tamahori, 2007) trata este tema aunque solo anticipa el futuro dos minutos.
  • La posibilidad de ver o vivir un futuro distinto si se hubiesen tomado una o varias decisiones diferentes en el pasado ha sido también imaginada en el cine. Por ejemplo: Family Man (B. Ratner, 2000).

También la imaginación la usamos en la vida humana ordinaria. Ante el determinismo de una situación inesperada, el protagonista de Atrapado en el tiempo tiene que explorar posibilidades vitales. ¿Qué hacer este día? Lo que para él es: ¿qué hago con mi vida? De una forma radical, la película muestra que, para vivir, necesitamos imaginar nuestra vida, imaginar diferentes posibilidades vitales. Eso forma parte de las elecciones importantes que tomamos en la vida. Y si la situación vivida es imprevista, esa necesidad se presenta como más intensa todavía, ya que nos obliga a replantear las trayectorias vitales. 

Posibilidad de cambiar, de rectificar

En esta película, el protagonista es libre de hacer lo que quiera en el nuevo día, aunque cada día se repite empezando a la misma hora. Lo que el protagonista tiene en cuenta en una temporada es que las acciones no tienen consecuencias duraderas en realidad. Aunque se suicide, al día siguiente se levanta a la misma hora. Si insulta a alguien o si roba, al día siguiente, nadie se acuerda porque ese nuevo día repetido no ha tenido ese pasado, no ha ocurrido en realidad, salvo para él. 

Desde este punto de vista, el tiempo pierde espesor, ya que le falta un carácter especial: que el tiempo es irreversible, que no vuelve. El pasado es necesario ya que lo que ocurrió no puede dejar de haber ocurrido. Las decisiones que toma el protagonista dejan de tener la propiedad de ser, en cierto sentido, definitivas: las he tomado aquí y ahora, y eso ya no puede dejar de ser, de haber sido. Ampliando este planteamiento y viendo la vida en su conjunto, la vida perdería su carácter de única si la viviésemos varias veces.

Pero esto tiene su reverso. Todos tenemos experiencia de las rutinas. Muchas de ellas son necesarias ya que ayudan a vivir al no tener que estar siempre decidiendo y deliberando sobre cómo hacer algunas cosas. Otras muchas nos llevan a considerar que todos vivimos, hasta cierto punto, durante épocas de la vida, una especie de “día de la marmota”. Los días, las semanas, incluso los años, parecen repetirse al ser básicamente iguales, al haber pocas novedades reseñables. En esa tensión entre lo cíclico y lo lineal que define nuestra experiencia de la temporalidad, lo cíclico parece imponerse, y la vida pierde frescor. Debemos decidir cómo vivir, provocar un giro a nuestras vidas, estar atentos…

En la vida humana real no tenemos la posibilidad de probar experiencias o tomar decisiones como si estas no hubiesen ocurrido nunca el día siguiente, como sí pasa en esta historia. No creo que merezca la pena detenerse en la imposibilidad de que esto ocurra. Pero la variante real se acerca algo a esta ficción: no podemos deshacer lo hecho, pero sí podemos probar hacer las cosas de otro modo. El pasado es necesario, no se puede cambiar, pero nosotros sí podemos querer rectificar, decidir hacer las cosas de otra manera. En la película esto se muestra ya que él tiene la posibilidad de cambiar lo vivido.

Corregir formas de actuar forma parte de la vida humana. Eso hace muchas veces el protagonista de la película. A veces parece que hacer cosas diferentes sirve, solo, para no aburrirse, como le pasa al protagonista. Esto es creíble, claro está. Si el día se repite, la línea temporal desaparece al romperse la experiencia de la sucesión, al desaparecer, o transformarse radicalmente, la conciencia del antes y el después que define la vivencia humana de la temporalidad. Si las decisiones no tienen consecuencias, el tiempo parece estar detenido. Eso es lo que se experimenta en el aburrimiento (una reflexión sobre esto, aquí).

De manera sencilla, al principio se dibuja una personalidad egoísta, narcisista, despectiva con sus compañeros. Vive una vida frustrada ya que cree que no ocupa el lugar profesional que debería ocupar según la percepción que tiene de sus propios méritos. Pero descubre el valor de los demás, empezando por la mujer de la que se enamora y eso le hace salir de sí. Ayuda a la gente, salva vidas… Llega un momento en el que toma la decisión de ser de otra manera, de hacer las cosas bien porque merecen ser hechas así. Descubre el valor de la acción porque él deja de ser el centro y criterio único de elección. 

Al hilo de esto, podemos plantearnos esa pregunta que se repite a menudo: ¿podemos cambiar? Muchas veces se responde de manera negativa. “La gente no cambia”, se oye decir. Creo que es bueno hacer una sencilla distinción: los rasgos de carácter son bastante invariantes al ser muy estables. Nuestro estilo psicológico de ser no cambia mucho, ciertamente. Pero nuestras valoraciones y convicciones sí pueden cambiar. El estilo de ser se mantiene, pero los criterios de decisión pueden sufrir grandes transformaciones. Hay giros biográficos, conversiones morales, religiosas, relativas a nuestra opiniones sobre lo político… No es fácil cambiar de convicciones, pero siempre es posible hacerlo. 

Para ello, algo nos tiene que hacer despertar o hacer caer en la cuenta. Casi siempre esto ocurre por acontecimientos biográficos significativos, esperados o imprevistos, por experiencias humanas densas que no hemos buscado tener, pero a las que de alguna manera ya estábamos abiertos, o por acontecimientos históricos o sociales que despiertan una conciencia de responsabilidad que exige de nosotros cambios de actitudes… 

Por lo tanto, lo que la película nos muestra es que el cambio vital del protagonista, de su querer, de sus convicciones y planteamientos vitales, se produce, precisamente, cuando vive la repetición. De hecho, la situación de bucle se convierte en símbolo de su vida inmediatamente anterior, una vida atascada y paralizada antes de esta experiencia. Vivía en la repetición de los días en los que básicamente no cambiaba nada. Era su vida anterior la que, en realidad, vivía en bucle.

Rasgos del cambio

La película es una comedia, tiene un final feliz… Cumple las expectativas propias de un género que muchas veces no se corresponde con la vida real, normalmente más gris, menos “redonda”. Sin embargo, la película, aceptando lo dicho, sí muestra algo real y posible. Cambiar a mejor es posible, siendo necesarias dos cosas para ello: replantearse cómo vivir, por un lado, y abrirse a los otros, verlos en su realidad propia, por otro.

La situación fuerza al protagonista a recapacitar. En la vida real, el examinar y replantearse la vida viene exigido muchas veces, como mencionaba antes, al experimentar grandes cambios, ligados muchas veces a situaciones de sufrimiento: enfermedades graves tanto propias como de personas cercanas, apuros económicos por falta duradera de ingresos, muerte de allegados…  En muchas etapas de la vida en las que no se sufren estas crisis podemos olvidarnos de esto, y de no cumplir ese aviso de Sócrates que Platón recoge en su Apología (38a): una vida no examinada no merece la pena ser vivida.

Para el ser humano, vivir exige plantearse cómo hacerlo, siendo conscientes de forma crítica de nuestras convicciones, analizando lo que en el fondo queremos, etc. El tomar la vida a su cargo de nuestro protagonista de manera más intensa está unido al ir aceptando y queriendo más a las personas de su entorno. La película comunica de manera sencilla la idea de que cuando más conoce a las personas con las que convive, más las aprecia. Phil Connors es un narcisista al principio, y la experiencia del sufrimiento y la impotencia le hacen ver con más claridad las cualidades positivas de los demás. 

Final

Atrapado en el tiempo está construida con un planteamiento argumental divertido y que despierta una curiosidad en el espectador que se mantiene durante toda la película. El acierto del argumento permite explorar posibilidades vitales y antropológicas de manera sencilla, muchas veces simple si detenemos nuestra atención, pero no exenta de profundidad en su planteamiento general. Consigue conjugar el mantener la sonrisa y la reflexión. A la vez, esta película ha conseguido que nos acordemos de ella pasado el tiempo hasta llegar a convertirse en una forma de explicar algunas experiencias repetitivas: “parece que estamos en un día de la marmota”.

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