Seis personajes en busca de un autor es una pieza teatral escrita por Luigi Pirandello (1867-1936). Estrenada en 1921 se publicó en 1925. Aunque fue un fracaso en su estreno, poco tiempo después tuvo éxito internacional. Pirandello escribió también novela, cuentos, poesía. Le concedieron el premio Nobel en 1934. Recomiendo ver la versión que en 1974 Alberto González Vergel dirigió para Televisión Española, protagonizada por Luis Prendes y Lola Herrera en los papeles principales.
Es la más conocida de sus obras, y una en la que utiliza el artificio del “teatro dentro del teatro” con el que reflexiona sobre la identidad propia de este arte. Otras obras suyas que exploran otras facetas del teatro son Cada uno a su manera (1924), Esta noche se improvisa (1928). El recurso de representar una obra dentro de otra no es nuevo. Otros ejemplos conocidos antiguos son Hamlet (Shakespeare,1603), que utiliza una representación como forma de acusación, o la obra de Lope de Vega, Lo fingido verdadero de 1608(?).
Dejando para otra ocasión la poética teatral de Lope de Vega, la obra de Pirandello reflexiona sobre la identidad del teatro explicitando oposiciones en tensión presentes en el teatro: persona y personaje, personaje y actor. Para ello utiliza de manera ingeniosa el entrecruzamiento de los planos de la ficción y la realidad.
Mientras se ensaya una obra de teatro, entran seis personas. Se identifican a sí mismos como personajes creando una lógica perplejidad entre los presentes. Estos personajes están en busca de un autor porque el que les imaginó no llegó a escribir una obra para que se pudiera representar su historia. Los personajes tienen una historia que van contando al director y a los actores presentes hasta convencerles de que representen su historia. No llegarán a hacerlo pero hay ensayos de alguna escena. Esquemáticamente: un matrimonio con un hijo; el padre se va y la madre se une a otro hombre con quien tiene otros tres hijos; la mayor de estos se verá obligada a prostituirse.
Teatro dentro del teatro
El mundo de la ficción es un mundo imaginado que siempre hará referencia al mundo real. De hecho, muchísimas veces el mundo creado por el arte será un arte “realista” porque reconocemos en esas obras una realidad como la nuestra. Lo que ocurre en la ficción es una historia posible del mundo real. Otras veces, en las obras de ficción, se introducen elementos irreales como seres que no existen (unicornios) o leyes físicas diferentes (personas que vuelan, viajes en el tiempo…). Pero ese universo imaginado, imposible en algunos aspectos en nuestro mundo, tiene su lógica. O sea, los unicornios no existen… salvo en ese mundo imaginado.
Más allá de lo que se cuenta en la obra imaginada, real o fantástico, está el estatuto propio de ser una obra de ficción. Una obra de teatro es algo representado por unos actores que desarrollan su acción en un escenario ante unos espectadores; el autor imagina unos personajes y construye una trama argumental… Actores, escenario, personajes, trama, público… son algunos términos que designan elementos propios del arte del teatro en cuanto que teatro.
Convertir estas categorías teatrales en personajes o en argumento de una obra dramatúrgica es el artificio por el que se entrecruzan los dos planos, realidad imaginada y realidad real, en la misma obra de ficción. En esta, lo fingido se presenta como lo verdadero (siguiendo la sagaz expresión de Lope), el carácter de representación de la representación queda manifiesto en la misma obra. Es el “teatro dentro del teatro”. En esta expresión, el primer “teatro” designa una obra representada dentro de la representación de tal forma que el segundo “teatro” es presentado como la vida real respecto del primero, siendo como es, “teatro” para el público real. Es este juego de planos el que utiliza Pirandello para reflexionar sobre la naturaleza del teatro.
Algo similar y muy ingenioso hizo Unamuno en su novela Niebla (escrita en 1907 y publicada en 1914) donde uno de los personajes dialoga con el mismo Unamuno que está escribiendo la novela, pasando a ser personaje de su propia novela. Unamuno escribió un artículo de periódico en 1923, Pirandello y yo, en el que comenta los paralelismos entre su obra y la del autor italiano.
Esta tensión entre ficción y realidad es el motor de la obra de Pirandello. Es constante la referencia a este tema al afirmar que el teatro, la obra representada por unos actores crea una “ilusión de realidad”, donde se hace
parecer verdadero lo que no lo es, y sin necesidad alguna, como un juego
como dice el Padre (personaje) en sus conversaciones con el director de teatro presente en la obra.
Si un drama está bien realizado, la ilusión de realidad es muy clara. Esta tesis se mantiene de manera constante en la obra. Muchas cosas tienen que darse: que los personajes estén bien imaginados, que haya una buena historia, que esté bien representada -fenómeno este complejo: actores, dirección, escenografía, luz…-. En esta obra se llega a decir que la representación es más real que la vida real no solo porque sea “un trozo de vida real” posible, sino porque en la construcción de la trama, se concentran los acontecimientos, ocurren cosas significativas, y los personajes, y este es dato central, tienen una identidad definida que los presenta como un verdadero “alguien”.
La diferencia personaje/actor según la actuación
Ya en las primeras escenas se representa un ensayo de una obra teatral. Desde el comienzo, por lo tanto, está presente el “teatro dentro del teatro”. El ensayo es interrumpido por la entrada de seis personas que visten de luto y que dicen de sí mismos que son personajes creando gran perplejidad. Son dos los contrastes subrayados.
- Las vestiduras oscuras de los personajes contrastan con la ropa luminosa de los actores.
- Cuando ensayan los actores, sobreactúan. En las versiones que he podido ver de esta obra siempre se destaca este aspecto. Cuando los actores representan que están actuando, la actuación es algo histriónica. En contraste, cuando hablan como “personas normales”, su actuación deja de parecer tal. De esta forma “normal” hablan también los personajes en la obra.
Aunque esta distinción en la forma de actuar hay que matizarla. Cuando ya está muy entrada la obra, los personajes hacen de actores contando su propia historia pero no sobreactúan. Reviven la escena con los movimientos y con las palabras dichas en ese pasado. La diferencia de actuación se dará entre el lenguaje narrativo que se utiliza muchas veces cuando van contando su historia a lo largo de la obra y la actuación con la que se crea “ilusión de realidad”. No es lo mismo contar una historia que vivirla.
Pero algo curioso ocurre justo después de esta escena. Cuando los actores presentes representan la historia contada tal como fue por los personajes, actúan de manera diferente a como han actuado estos y los personajes no se reconocen en la actuación de los actores profesionales. Cada actor/actriz pone su manera de entender, su forma de sentir. Esa diferencia es algo que llegan a entender los personajes. En realidad es la diferencia que se da entre personas reales y actores que representan la vida de esas personas reales. Aquí el estatuto de personaje se confunde con el de persona. La tensión que se muestra es entre persona y actor, no entre personaje y actor.
El mundo de los personajes
No se sabe muy bien cómo han entrado los personajes en el teatro (plató de televisión, según la versión de TVE citada). Y no se sabe cómo salen al final, como no se sabe cómo entra y se va un personaje fugaz pero importante, Madame Pace (único personaje con nombre propio). Este es un buen recurso. Los personajes solo pueden vivir en el ámbito teatral, no en el “mundo exterior”. Cuando se ensaya la vida real y la teatral se mezclan ya que la representación no es continua, a veces se actúa y a veces no. El ensayo se para, el director da indicaciones, los actores opinan… Es en este límite donde viven los personajes: en el ámbito teatral pero no todavía en la representación. Otra vez el entrecruzamiento de planos de realidad.
Al teatro le pasa lo que a la música. Solo existe verdaderamente cuando se realiza la representación, cuando se interpreta. Se puede acceder al texto escrito, pero este está pensado para ser representado. El juego de Pirandello es concebir al personaje como una cuasi-persona. Existe en la imaginación del autor y, en este caso, se le ha construido una trama donde se cuente su historia, aunque esa historia la tienen, la han vivido. Este artificio nos hace caer en la cuenta de que el personaje es un un tipo de realidad peculiar. Es un “ficto» como diría Zubiri, un ser fingido, imaginado. Esa es su realidad. Y un personaje teatral tiene como mundo el teatro, no el mundo real.
Personas y personajes
En una representación, el personaje es “alguien”. A eso aspiran los personajes, a ser alguien. En contraposición, las personas reales, como también se afirma, pueden ser perfectamente un “don nadie”. Ser alguien, ser nadie parece descansar aquí, sobre todo, en ser alguien ante alguien.
Por un lado tiene que haber una consistencia, una identidad propias. Esto se destaca también. El Padre reflexiona con el director. La identidad humana real es fluida, cambiante, tesis defendida por Pirandello en otros escritos. La realidad humana cambia según en qué ámbito viva, según ante quién se esté. A diferencia de ello, la identidad del personaje es una realidad fijada para siempre. Es esta identidad fija, según Pirandello, la que dota de consistencia al personaje.
Cada personaje se comporta como persona. Cada uno de los personajes quiere contar al director su historia. Y la historia es la de cada uno. Cada uno “lleva un mundo diferente” hasta tal punto que las palabras no sirven para comunicarse. Padre: “somos distintos con cada persona”. “Nos hacemos la ilusión de ser siempre lo que queremos ser”.
Por otro lado, el personaje vive su historia en los actores ante alguien. Ese alguien es el público que sigue con interés sus peripecias vitales, que asiste a una representación de la vida humana que le puede iluminar. Frente a esto, la persona real puede ser inconsistente porque su identidad es cambiante, y porque no es reconocido en sentido fuerte por nadie. Por eso puede ser un “don nadie”, porque su su ser personal no se desarrolla ante alguien. Como decimos en un verbo sabio, ejercemos o padecemos el “ninguneo”. Ningunear es no reconocer como alguien al otro, no prestar atención, no entrar en relación o, incluso, minusvalorar.
La identidad fija del personaje es su historia. Por un lado, esto que afirma el Padre, lo dice como algo positivo. La identidad fijada da consistencia, cualidad que no poseen las personas. Aquí no parece que Pirandello haya tenido en cuenta la sencilla distinción entre identidad estable e identidad estática, o la distinción de Ricoeur entre identidad-idem e identidad-ipse, la mismidad (lo fijo constante en el ser humano -biología, gran parte de carácter-) y la ipseidad (la identidad narrativa). Para Pirandello, la identidad es fija, si no, hay inconsistencia.
Esto recuerda algo a la posterior tesis de Sartre que afirmaba que el ser humano no tiene una naturaleza, una esencia, sino que es libertad, y con sus elecciones va dotándose de una esencia (“la existencia precede a la esencia”). No hay un Dios, un Autor, que modele a las personas de manera previa a la vida activa que haya dotado de una naturaleza al ser humano.
Pero esta identidad fija es la de una historia que define al personaje y que está llamado a vivir una y otra vez. Esta concepción fija de la identidad les lleva a considerar que su realidad será siempre su pasado (Balthasar, Teodramática I, 239). Si el personaje se acerca al modo de ser personal al subrayar ser ante alguien, aquí se aleja. El pasado ciertamente es necesario, no se puede cambiar. Pero no somos solo nuestro pasado, somos seres futurizos, con proyectos. Y podemos hacer relecturas diferentes de nuestro pasado como bien explica Julián Marías en sus obras.
La historia que van contando en esta obra es una historia triste. De hecho se va anunciando varias veces la tragedia de aquellos personajes que no hablan y que murieron. Pero ahora están aquí. Morirán. Y se repetirá siempre que se represente la historia del encuentro entre el Padre y la Hija mayor que su mujer tuvo con otro hombre. Llamados a revivir una y otra vez esos acontecimientos, en este caso, traumáticos, trágicos. No hay elección en esta vida. La vida ya está contada, ya está hecha. Lo único que queda es mostrarla ante el público, que es a lo que aspiran, a que un autor escriba bien su historia y se represente. “Hemos nacido para la escena” como dicen.
La confusión de planos la expresa la hija que está “impaciente por vivir esa escena”. Al representarse, vive la escena. Su ser pleno es en la representación. No necesitan solo un texto escrito que “dé vida” a la historia. Hay que hacerla real representándola. La vida del personaje es representación. Esta idea que Pirandello subraya desvela algo significativo en la vida humana. En la vida real hay un factor de representación en cuanto que vivimos una existencia “pública”, social. Desempeñamos un papel, un rol, y la imagen pública es algo que forma parte de nuestra identidad y que tenemos en cuenta a la hora de actuar. En sociedades tan mediáticas como las nuestras, además, el mostrarse ante los demás es un ingrediente a tener muy en cuenta.
En el teatro, el personaje es real como personaje en cuanto que representado por un actor. Luego queda en la memoria de todos los espectadores y puede llegar a convertirse en una referencia cultural. Esto explica otro dato al que dan importancia. Los personajes viven siempre en la memoria cultural de los lectores y espectadores. Eso les hace decir que tienen más realidad que las personas: Sancho Panza es un personaje perenne, con el que de alguna manera contamos en nuestra vida. Pero esto no deja ser una hipérbole que falsifica facetas verdaderas. Ser real ante alguien se vive en la interacción. Sancho Panza se nos presenta en una novela, pero…
Los personajes se comportan como personas y solo serán personajes de verdad cuando su historia se represente, cuando su historia sea encarnada por los actores. El desdoblamiento, entre personaje y persona y personaje y actor, en el que Pirandello nos introduce es una reflexión sobre la naturaleza del teatro y del personaje, y un estimulante ejercicio de reflexión sobre la naturaleza personal del ser humano, tema apasionante e inagotable.



