“Niebla”, de Unamuno (1914)

Niebla es una novela escrita por Miguel de Unamuno (1864-1936) en 1907 y publicada en 1914. Tal vez sea la novela más famosa de este polifacético autor, filósofo y literato. Otras novelas suyas son Paz en la guerra (1895), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) o San Manuel Bueno, mártir (1931). También fue poeta, dramaturgo (destaca Fedra estrenada en 1918), autor de libros de viajes… Su presencia pública como intelectual fue muy intensa y actualmente es una figura sobre la que se vuelve en obras de cine, de teatro (Unamuno: venceréis pero no convenceréis, monólogo de José Luis Gómez con textos de Unamuno, por ejemplo), etc. dado el interés que suscita en la vida social y política.

En 1935, época de “niebla histórica” como él mismo dice, escribe el prólogo a la tercera edición en la que afirma que ha “rehecho íntimamente” la obra. En este texto define la obra como “fantasía” y “tragicomedia”, y señala dos temas principales: la relación entre realidad y ficción, y la cuestión de la inmortalidad. Son preocupaciones existenciales y problemas filosóficos.

Juego de espejos

Niebla es famosa, sobre todo, por el diálogo que mantienen en la novela el propio Unamuno y el protagonista, Augusto Pérez. La discusión versa sobre la realidad ficticia del personaje, sobre el poder del autor en la “vida” del protagonista y la relativa autonomía propia de los personajes que tienen una lógica propia, una consistencia a la que el mismo autor se debe. En este diálogo, Unamuno, autor de la novela, se convierte en personaje, un personaje que es autor de la novela. Un juego de espejos.

Este juego se multiplica porque otro personaje, Víctor Goti, se declara autor de un nuevo tipo de novela a la que designa con el nombre de “nivola”. Esta novela, “Niebla”, tiene como subtítulo Nivola. Con este nuevo nombre Vícor Goti/Unamuno quiere dar a entender que se desmarca de la forma de entender la novela vigente en su tiempo. En el nuevo enfoque quiere dar más espacio a los diálogos entre los personajes y, sobre todo, que las voces de la narración sean más plurales, que no esté dominado todo por un “narrador omnisciente” dando así más protagonismo a los mismos personajes. Es escribir una novela sin un plan prefijado desde el principio, como la vida misma que se va desarrollando, sin tenerlo todo controlado por anticipado (cf. cap. XVII).

Víctor Goti, además,  firma un prólogo a la novela. Es un divertido e ingenioso entrecruzamiento de planos, el real y el ficticio, que sirve para reflexionar sobre el ser del personaje y la creación artística (mise en abyme: “puesta, caída, en abismo”). Años más adelante, Pirandello hará algo parecido con su famosa obra de teatro Seis personajes en busca de un autor (ya comentada aquí).

Niebla es una reflexión novelada sobre lo real y ficticio, sobre lo real y aparente, planos que a veces se confunden.

Dicen que lo helénico es distinguir, definir, separar; pero lo mío es indefinir, confundir.

Estas son palabras de Unamuno transcritas en el supuesto prólogo escrito por Víctor Goti en el que nos dice que Unamuno le comunicó estas ideas. Esta autocita expresa uno de los modos de proceder de esta novela ya que la obra entera juega con la confusión y la indefinición. Unamuno describe de manera metafórica la situación existencial del protagonista caracterizada como vivir en la niebla y como proceso de despertar en ella a la conciencia de la propia realidad y de la circundante. Pero va más allá al afirmar que la confusión de planos entre lo real y lo ficticio, también se da “en el mundo real” al mostrar  la vida como sueño y como ficción. A pesar de esta complejidad interna,  que recuerda mucho a Platón y su Alegoría de la caverna (República VII), es una novela de fácil lectura.

La aparición y el despertar

Augusto Pérez es el protagonista. Un hombre soltero, “rico y solo”, al cuidado prolongado de una madre que, se nos dice, murió poco antes de los hechos de la historia que se nos va a contar. Vive con un matrimonio que atiende las labores de la casa y le hace compañía. Él dice de sí (capítulo I; las citas de la novela harán referencia al capítulo en números romanos) que es un “paseante de la vida” , ocioso, con un amigo, Víctor Goti, con el juega al ajedrez en el Casino.

Sorolla, Retrato de Unamuno,  c.1912 (fragmento), Museo Bellas Artes, Bilbao

Augusto es un hombre dado a los soliloquios y a las ensoñaciones. Parece un hombre distraído, abstraído. El primer razonamiento que nos transmite el narrador es un sinsentido y una muestra de su carácter. Se queja de que las cosas sean usadas cuando están destinadas a ser contempladas ya que el uso hace que desaparezca la belleza. Pero las cosas, los utensilios están pensados precisamente para eso, para ser usados. Quien tiene de todo y se le procura todo se puede permitir el lujo de detenerse en el lado bello y gratuito de las cosas. De todas formas, esa sensibilidad por la belleza explicará también parte de su historia.

En el comienzo, en el capítulo II, tiene la experiencia de la “aparición fortuita” de Eugenia, mujer de la que se enamorará. El nombrar esta experiencia de presencia con la palabra “aparición” es significativo. Las palabras “aparición” y “aparecer» hablan de lo que se manifiesta con intensidad y novedad. Algo destaca en el conjunto y se hace presencia que capta la atención. Es curioso cómo una palabra afín a estas tenga en bastantes ocasiones un sentido casi opuesto: “apariencia”. “No nos podemos fiar de las apariencias”, decimos,  ya que estas pueden ser engañosas. El significado de apariencia se acerca aquí al de simulacro cuando la apariencia es considerada como “mera apariencia». Sin  embargo, en el uso habitual de “aparición” o “aparecer», el carácter real de lo que se manifiesta no se suele poner en duda, en principio. Va a haber engaños en la novela, pero el primer uso de la palabra nos habla de una experiencia de la belleza (Eugenia) que le sacará a Augusto de ese estado de introspección o ensoñación en el que vive y disipará la “niebla de la vida” (VII). La aparición le hará despertar, y lo real se tornará visible.

Es que he estado tonto hasta ahora, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego… (XII)

Augusto experimenta una faceta del amor que desvela que el fondo de su vida ha sido un latente y constante aburrimiento. La visión de Eugenia despierta su interés y le saca de sí. El amor le hace ver, idea de clara raigambre platónica. En la novela se transcriben unas cuantas disquisiciones de carácter más o menos filosófico sobre la naturaleza del amor y de la persona que ama. Es antes el amor que el conocimiento (IV) tesis con la que se discute otra idea clásica: solo se ama lo que se conoce. Estas divagaciones son una constante en el texto lo que también da a pensar que las ideas filosóficas expresadas son muy propias del autor, de Unamuno, que utiliza lo literario para expresarlas.

Esa mujer (…) me ha vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir (XII).

En estas oposiciones de claro sabor barroco se expresan las distinciones, la salida de la indefinición, la disipación de la niebla.

No ser real, ser ente de ficción

Cuando Augusto compare su dos estados de vida, el despierto y el anterior, su amigo manifestará dudas sobre su nuevo estado ya que no está seguro de si está enamorado o solo cree estarlo. Como si estuviera en proceso de despertar ya que solo hubiese conocido la idea del amor, no el amor mismo.

Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción… (X)

Si todavía no experimenta la vida real, él mismo no es real del todo, no se siente real verdaderamente. Es como un ente de ficción, algo imaginado, no real (verdadero leitmotiv de la novela). Parece que todavía no ha salido de sí, no ha despertado del todo. Y no lo hará hasta el final, tras la discusión con Unamuno.

Escultura de Pablo Serrano, Unamuno, 1968, Salamanca

Las dudas sobre su carácter, real o aparente, se repiten en la novela.

Yo por lo menos sé decirte de mí que una de las cosas que me da más pavor es quedarme mirándome en el espejo, a solas, cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia e imaginarme, viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción… (XXII)

Los capítulos XXX y XXXI se presentan como culminación de todos estos vaivenes. El protagonista sufre la burla de su amada y es esa traición con la que los burladores han pretendido demostrar que no existe. En su discusión con su amigo afirmará:

Empecé, Víctor, como una sombra, una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un personaje fantástico que un oculto genio inventó para solazarse o desahogarse; pero ahora, después de lo que han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real (XXX).

La aparición de la belleza en la persona de Eugenia le hizo salir de sí, despertar pero no lo hizo del todo porque amaba el amor más que a una persona. Será el dolor, sensación pura, lo que le hace darse cuenta inequívoca de su propia existencia. Sintiéndose vivo entabla la discusión con su autor (XXXI). Unamuno le intenta convencer de que su ser es el de un personaje: algo fingido por la imaginación de un autor, algo soñado. Su ser es fantasía de un novelista y de los lectores que imaginarán su vida a través de las palabras del autor. Por lo tanto, no está vivo propiamente y no podrá disponer de su vida.

Pero a Augusto le quedan dos razones fuertes para ver que su ser es más consistente que lo que Unamuno le quiere hacer creer. Por un lado, una vez inventados, los personajes, ya dotados de personalidad, tienen una cierta autonomía, sus acciones, sus trayectorias siguen una cierta lógica que el mismo autor debe obedecer y seguir si quiere ser coherente con su creación.

La otra razón es la inmortalidad.

¡Yo no puedo morirme; solo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morirme…,¡soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que, cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal… (XXXII)

Para Unamuno la inmortalidad es uno de los temas que más le preocupó. Aunque no es un tema central en esta novela, aparece al final como algo clave. En el razonamiento de esta novela, sí afirma la inmortalidad, pero al precio de considerar que no estamos vivos. Solo gozan de inmortalidad los personajes, los entes de ficción cuyo ser consiste en ser idea de otro. Los seres humanos vivos anhelan esta inmortalidad que no está a su alcance y solo al precio de no estar verdaderamente vivos, al no vivir en la realidad, pueden no ser conscientes de esta contradicción.

 

Conclusión

El gran antagonismo presente en la novela es el que se establece entre sueño y realidad. Frente a lo real que se impone en la belleza y en el dolor, el sueño que hace dudar de la propia existencia, que provoca confusión interior viviendo en estado de niebla. El amor testifica la presencia real que despierta sacando de sí al sujeto, y el dolor provoca también el despertar al ser sensación pura que se contrapone a la imaginación. Los dos, amor y dolor, permiten experimentar al protagonista el  estar verdaderamente vivo y, a la par, la conciencia de la mortalidad. Vivir sin lo amado es muerte para el amante, que solo lo sabe cuando despierta al amor.

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